bannerCanto, Poesía... ¡y más!

Canto, Poesía... ¡y más! - Índice de Poemas - El búho

Autor

1
En el campanario que levanta al cielo
la audacia de piedra de su arquitectura,
como se levanta buscando la altura
la audacia increíble de mi eterno anhelo
por lo que es Belleza, por lo que es Blancura,
tengo un viejo amigo que sabe del vuelo,
en el campanario que levanta al cielo
la audacia de piedra de su arquitectura.

Es un búho. El plumaje, que al tacto revela
una aristocrática suavidad, es rico
i si se lo peina con el corvo pico
es aún más bello. Cuando el ave vuela
hace de silencia tan magno derroche
i de suavidades tan mágica gala,
que no logra oírse el batir de su ala,
mal pese a la honda quietud de la noche.

I es hermoso el búho: la actitud tranquila;
hipnótica i firme i honda, la pupila
sugestionadora; el mirar ardiente,
el vuelo ligero, callado, soberbio
i bajo la pluma palpitando el nervio
motor de la garra audaz y potente.

La lucha es su medio; su fin la victoria.
Yo sé de ese búho la trágica historia...
Señora... ¿Queréis que os la cuente?

2
Bajo la amplia nave de la sacristía,
en el templo cuyo es, señora mía,
donde habita en búho aquél campanario
i a donde, en las grises tardes otoñales,
buscando el alivio de pequeños males
soléis ir, señora a hacer un rosario,
hay un Cristo antiguo, desgreñado i pálido:
rostro exangüe, cuerpo sangrado i escuálido
i a quien el milagro circunda en leyendas;
un Cristo al que llevan las gentes sencillas
día a día, entrando todas de rodillas,
en acción de gracias, piadosas ofrendas.

Cristo de madera con arte labrado
que vos, de seguro, habréis contemplado
cuando a vuestro rezo fuisteis algún día;
Cristo de madera, Cristo venerado
que allí, de aquél muro, hállase colgado
bajo la amplia nave de la sacristía.

Alfonso Sierra Madrigal - El Búho

Pues bien: de ese Cristo
cuentan las leyendas
populares, muchas cosas estupendas:
Un día hasta el poblado, sedienta de robos
i hambrienta de carne, manada de lobos
bajó de la sierra que en el horizonte
recorta su enorme giba de bisonte.

Devoraron niños i hombres indefensos
i causando estragos i males inmensos,
con siniestro aullido por calles i plaza
fueron el espanto sembrando mortal.
En vano querían todos darles caza,
pues parecía que cada animal,
huyendo los golpes de agudo venablo
i atacando luego con rabia infinita,
traía en el cuerpo la saña maldita
con que sobre el pueblo les echara el diablo.

Inútil defensa: las fieras caían;
pero otras, más fieras, las substituían.
Entonces un cura, un débil anciano
de trémulas manos y cabello cano,
sacerdote viejo de todos querido
con sus ornamentos salió revestido.
Sus manos cubrían litúrgicos paños
i pese a la poca fuerza de sus años
empuñaba el Cristo de antiguas maderas
i con él alzado se enfrentó a las fieras.
¡Oh, milagro! (esto mis ojos no vieron)
mas cuentan que entonces las fieras huyeron
olvidando el ímpetu de su loca saña
i ante el Cristo exangüe, doliente i herido,
perdiendo las notas del lúgubre aullido,
fugaron los lobos hacia la montaña.

De entonces el Cristo de factura antigua
a los animales en rabia apacigua
al poder extraño de su alto prestigio
i cuentan las gentes de aquí, que es bastante
poner a algún fiero animal, delante
de ese Cristo, para que se haga el prodigio.

Al crucificado de vieja madera
llamábanle Cristo de la Orden Tercera
–pues tal es el nombre del templo, señora,
que guarda esa joya de poder extraño–.
Así le decían las gentes antaño;
pero El Cristo Ciego, le llaman ahora.

Por eso, señora, cuando al alzar el ruego
vais, habréis notado que el pobre está ciego
i a contaros paso, buena amiga mía,
el triste motivo que causó ceguera,
al Cristo que se halla, en la Orden Tercera,
bajo el amplia nave de la sacristía.

3
Ved: la tarde aquella era como ésta.
Hacían las palomas su divina fiesta
del zureo blando i el gracioso vuelo,
dejando a los aires notas de blancura,
en el campanario que levanta al cielo
la audacia de piedra de su arquitectura.
El sol osculaba, con horizontales
rayos de oro puro los altos vitrales,
desde el orgulloso peñón de la cresta
i el pueblo i el campo i el azul divino
cantaban un dulce canto vespertino...
Sí; la tarde aquella era como ésta.
Armonía en el oro del sol que se hundía;
armonía en la curva ceja de la loma;
armonía en el ángelus que el bronce gemía
i en cada revuelo de cada paloma
la nota de una triunfal armonía...
Las místicas aves estaban de fiesta.
Sí... la tarde aquella era como ésta.
Fascinaba el cuadro vesperal, bien mío,
ornado de oros del poniente i era
como dice el alto maestro Darío:
en el dulce tiempo de la primavera.

4Alfonso Sierra Madrigal - El Búho
Blanca, con el pico rosado, la pluma
que causara envidias a la misma espuma
i a la propia seda provocara enojos;
con la cabecita pequeña i graciosa;
al zurear divina; al andar garbosa;
los ojos muy dulces i los pies muy rojos;
toda tentaciones, toda gallardía,
aquella paloma en que se diría
que hermosura i gracia cantaban a dúo:
así zureadora, coqueta i hermosa,
era la paloma que en la milagrosa
tarde, cautivara el alma del búho.

¿Cómo aquél prodigio se llevó adelante?
¿Cómo fue cautivo el hosco habitante
de ese campanario que reta a la altura
con las gallardías de su arquitectura?
¿Cómo enamorado quedó de aquella ave
toda seda i gracia i blancura toda,
como alegre novia vestida de boda?
¿Cómo fue el milagro?
¡Quién sabe...! ¡Quién sabe...!
Pero el torvo búho del plumaje rico,
del hipnotizante mirar imperioso;
del vuelo potente, raudo, silencioso;
de la fuerte garra i del corvo pico,
desde aquella tarde como ésta, en que había
armonía en el oro del sol que se hundía,
armonía en la curva ceja de la loma,
armonía en el ángelus que el bronce gemía
i en cada revuelo de cada paloma
la nota de una triunfal armonía
padeció de extraños amores ardientes
por el ave blanca, que en el vespertino
prodigio mirara, por la de atrayentes
andares garbosos i zurear divino.

5
¿Padecéis tormentos vos, señora mía?
No. Que vuestra vida no se deslizaría
como arroyo puro sus aguas tranquilas
si vos padeciérais, ni se os sonrosaran
tanto las mejillas, ni se adivinaran
dos astros, al fondo de vuestras pupilas.
No sabéis los hondos tormentos atroces
que hieren el alma de un enamorado
con la furia inmensa que un tigre enojado
encorva en sus garras; tormentos feroces
que ninguna plácida esperanza encalma,
que van carcomiendo la carne i el alma
que llegan al pobre corazón sangrado;
que en nuestro cerebro cantan el delirio
i que son infierno, locura, martirio...
Así los tormentos de un enamorado.
I así los tormentos del amante alado
que por su paloma en triste desvelo,
lloraba su amarga, su fatal locura,
en el campanario que levanta al cielo
las encajerías de su arquitectura.
¿Cómo hacerla mía –el búho decía–
si quizá al lograrlo, la destrozaría?
¿Cómo hacerla mía si somos distintos?
I loco i enfermo de cruel agonía,
el mísero búho iba, día con día,
para que curara sus malos instintos,
a mirar el Cristo de la sacristía.

Por fin, una tarde, el enamorado
pendiente del rostro del Crucificado,
creyó ver en él no sé qué prestigio
que le predecía el magno prodigio.
Tendió las dos alas que en vuelo soberbio
impulsaba alegre i rápido el nervio.
Llegó al campanario... El sol se moría
sangrando a torrentes púrpura gloriosa
i de las palomas una jubilosa
bandada, volaba con algarabía.
Allí, toda seda i gracia i albura,
más bella que siempre, decía su ternura
en blando zureo el ave adorada:
la del pico rosa i los dulces ojos,
el volar ligero i los pies muy rojos...
la que parecía una desposada
¡Oh, deslumbramiento! (Mirar a la Amada
deslumbra, señora). Desde su empinada
cornisa miraba con el alma el búho,
a aquella divina ave zureadora
en que la belleza i la seductora
magia de la gracia, cantaban a dúo.
¿La habló? ¿Qué la dijo?
¡Quién sabe! ¡Quien sabe!

Pero cuando todo había obscurecido,
buscaron el dulce calor de su nido
en el campanario, el búho y el ave.
Allí, entre la sombra de la torre obscura
lucía en el nido la intensa blancura
de aquella paloma dulce i adorada
que al búho hiriera de amores el pecho.
De la que en la suave pluma recostada,
era como una blanca desposada
próxima a entregarse, tendida en el lecho.
Llegaba el momento supremo. La noche
que lo presentía, hacía derroche
de quietud... Del sol no quedaban rastros
en las altas salas del cielo, espaciosas...
I abajo, esperaban, temblando, las cosas...
I arriba esperaban, temblando, los astros...
I cuando el momento llegó, cuando todo
trémulo espectaba... ¡Oh, brotar del lodo!
¿Por qué los hiciste, Señor, tan distintos?
Con furia en la garra i mal en el pico,
saltaron del búho los torvos instintos
erizando en cóleras el plumaje rico,
i en medio a su intensa i negra locura,
el búho dejó, sangrando, la albura
del cuerpo adorado por la garra herido,
del cuerpo eucarístico que, en ruda agonía,
presa de estertores ¡ay! se debatía
purpurando en sangre las plumas del nido.

¡I tembló la noche... Temblaron los rastros
de estrellas fugaces –como mil quimeras–
temblaron las fuentes, las enredaderas,
las cosas, las nubes, la torre, los astros...!
I un viento venido de tierras lejanas,
al ver la tragedia en el campanario,
hizo conmovido vibrar las campanas
como en un doliente canto funerario...

Alfonso Sierra Madrigal - El Búho6
Por la alta ventana ojival, abierta,
que cae a la enorme sacristía desierta,
súbito entró un ave con vuelo callado.
Era el búho. El ojo giraba inyectado
dentro de la órbita i el fosco animal
todo lo asaeteaba con ruda mirada,
como aguda flecha que va, disparada,
a clavar a un sitio su rabia mortal...
¡Ah! ¡El Cristo inocente de la faz de angustia!
De rudo aletazo la lámpara mustia
apagó el búho con fieros enojos.
¡I con cólera santa o con cólera impía
al Crucificado de la Sacristía,
con el corvo pico le escarbó los ojos!

7
Ya sabéis la historia.
¿Verdad que es extraña?
¿Verdad que su inmensa tristeza nos daña,
nos enferma el alma de melancolía?
Pues así, señora, se causó ceguera
al Cristo que se halla en la Orden Tercera,
bajo el amplia nave de la sacristía.
I yo he visto al búho pasarse las horas
con las dos pupilas hipnotizadoras,
clavadas en una lejana visión
que en el horizonte nunca, nunca asoma...
¿Creerá ver que vuelve la blanca paloma
a la que una noche comió el corazón?
¿Creerá ver que torna volando? ¡Quién sabe!
¡Pero es espantoso contemplar a esa ave
que espera i espera llena de amargura
i sin que desmaye su trágico anhelo
a la que una noche mató su locura
en el campanario que levanta al cielo
la audacia de piedra de su arquitectura!

Alfonso Sierra Madrigal (1896–1945), nació en Celaya, Guanajuato, México. Al hablar de Sierra Madrigal como poeta, hay que empezar a recordar que también fue excelente novelista, cuentista, biógrafo... un condigno prosista terso y jugoso. No sólo para añadirle un mérito más, sí para anticipar una prueba de la jerarquía de su lira; porque, aunque parezca paradójico, la piedra de toque del poeta auténtico sobre el fosforescente, está en que sea también buen prosista; como López Velarde; Goethe, Víctor Hugo, Bécquer...
Quiero decir que los versos de Sierra Madrigal son macizos, están llenos de mentalidad, tienen un definido ideario. Pero, caso inaudito, aparte de los poemas premiados en varios certámenes que siguieron el obligado curso de publicación y de otros que se les pidieran por diarios y revistas, dos Alfonso dejó inédita su profusa obra, renunció al justo orgullo o legítima vanagloria de plasmarla en libros. Conducta excepcional inductiva de raro desinterés que bordea lo místico, de un granítico carácter.
Bien se traduce este desdén por los bienes materiales, preeminencias y juicios mundanos en el fervor con que orienta sus estrofas a los altos valores del espíritu, a lo que está fuera del tiempo, a lo eterno, que eterno es también el amor y los objetivos puramente estéticos cantados, así mismo, poéticamente por él.
Personalidad y poesía, hombre y obra, aparecen siempre confundidos. Sierra Madrigal no hizo nunca ficción con sus versos. Sus grandes poemas son finalistas, propugnan un deber ser, preconizan una norma de perfectibilidad, propia y social, o una superación estética.
Conceptos, ideales, finalidad, bellezas son pues, las cuatro caras del vertical grávido prisma de su personalidad poética.
El bardo celayense no se vinculó a un género, ni se doblegó por una tendencia versificadora, ni mucho menos, tomó las borlas de una escuela; su vigorosa espiritualidad escapaba a las limitaciones y, por ende, a las limitaciones: recibió con el ser la lira del aedo, nació poeta:
Yo canto como el pájaro en la selva...
i se enjoya de versos mi garganta,
de pájaro feliz que el ritmo adora
...
(Tomado de El búho, 3ª edición, 1970, Ed. Valle de México).