Canto, Poesía... ¡y más!
Por desgracia, según saben bien los matemáticos, las líneas paralelas no se juntan... Si se juntan, ya no serían paralelas.
Por eso, según la teoría, aunque las líneas paralelas se alarguen hasta el infinito, y una vez ahí se sigan alargando, de cualquier modo... ¡jamás se juntarán!
¡Qué destino tan triste el de las líneas paralelas!
Sin embargo, las líneas paralelas de mi cuento no creían en el destino... ¡ellas creían en el amor!... y el amor es más fuerte que el destino...
Ni siquiera tuvieron que llegar al infinito para juntarse esas dos líneas... aquí, cerquita... ¡se juntaron!... aquí, a la vuelta de la esquina... y se volvieron una sola línea.
Pero en verdad... son dos líneas paralelas.
Eso... eso no lo saben los matemáticos...
Pero... a fin de cuentas... ¿qué saben los matemáticos?
Venía yo por la carretera en mi automóvil cuando de pronto, tras una nube, apareció la luna.
Era una luna niña... pequeñita... apenas una promesa de luna... diminuta pestaña sobre la ojera de la noche.
Yo me detuve a verla... a mí toda belleza me detiene. En medio de la oscuridad aquella luna que empezaba a ser luna era el único claror.
Pensé que al paso de los días crecerá hasta llenarse de sí misma. Luego entrará en menguante y desaparecerá... Pero otra vez volverá a ser esta pequeña luna que es ahora y que a sí misma se repite siempre... siempre...
Todo el mundo, pienso, es un pequeño ciclo. Así el día y la noche; así los meses y los años; así las estaciones...
Todo termina y vuelve a comenzar.
Allá la luna. Aquí yo que la miro... y que me miro en ella.