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Canto, Poesía... ¡y más! - Prosas - Un simple «accidente»

Autor

D. Antonio Maragno Lacerda
Fundador y Director de
O Jornal dos Municipios
quien nos otorgó el reconocimiento Vitória Régia.
Después de bajar en la estación tomé un coche y me dirigí a Praia Grande. Fui hasta San Vicente de pensión en pensión, de hotel en hotel sin conseguir una pieza. Era temporada y no había reservado alojamiento. Estaba nervioso, famélico y asustado. Arrastré la valija hasta una pensioncita junto al Canal. En la portería, el portugués respondió sin levantar los ojos del diario:

—No tenemos.

La valija me pareció más pesada. Un poco más adelante me senté en el muro bajo de un hospital y quedé sin ánimo. Cuando me pasó el malestar percibí que delante mí estaba parado un hombre grueso, de blanco, que me miraba fijamente. Detrás suyo, un carrito de helados.

—¡Qué desgracia!... No consigo un lugar para vivir... ¿El señor no conoce una pensión? –aventuré.

El hombre, después de sacarse el gorro y secarse la frente con el puño, movió afirmativamente la cabeza.

—Sí sé... tome un helado –metió la mano en el carrito y me ofreció uno.

—No quiero....

—Tómelo... reanima. El señor está deshecho.

Después de comprobar que el helado me había renovado las fuerzas, con más confianza prosiguió:

—Conozco una, pero no sé si tiene lugar. Mire... ¿ve aquella calle? Es Marañao. Sígala y después de tres cuadras encontrará la de Itapura de Miranda. Allí verá un caserón verde: es la pensión Marajoara. Diga a la patrona que el heladero lo manda y ella le procurará una pieza.

Me alegré con esa esperanza pues ya me veía tener que volver a casa sin pasar mi semana de descanso a orillas del mar. Pensé haber llegado. Busqué a la propietaria... era un propietario.

—La dueña murió —me explicó.

Hablé del heladero.

—No lo conozco... no –fue la respuesta.

Después de mucho hablar obtuve alojamiento en el fondo de la quinta.

Hice todo lo que un hombre acostumbra cuando va por vez primera al mar: busqué caracoles, espié al bicho que hace agujeros en la arena, di brazadas en las olas y me embobé con las bañistas. Fue sólo al tercer día que conocí a Vera. Vivía frente a la pensión en una casa grande toda cubierta de hiedra.

Volví muchísimas veces a Santos... llegué a visitarla semanalmente... y nos hicimos novios. Como ella residía en el Boqueirão, pasaba siempre por el canal 2, encontrando al heladero, estático, todo de blanco, debajo de un toldo. No me reconocía. En diversas oportunidades quise pararme, comprarle un helado y agradecerle la información que me llevó a la pensión errada y a los brazos de mi novia. No sé si por orgullo o timidez, nunca me detuve.

Fue entonces que ocurrió aquella desgracia. Vera murió. Nadie supo explicarme exactamente cómo, mas la verdad es que la encontraron debajo de un camión. «Accidente» —dijeron los diarios.

Mis viajes ralearon. Pasaron cinco meses. Me entregaba en forma enfermiza al trabajo para no pensar en aquella que amara.

Un día tomé vacaciones... volví a Santos. Erré al azar por algún tiempo resolviendo de pronto pasar frente a la casa donde vivía mi novia. En el canal 2 comprendí que algo quedaba aún de los tiempos felices al ver al heladero parado en la esquina. Tuve deseos de decirle: «Heladero, Vera murió... vea usted, murió», pero continué andando sin detenerme.

Volví otras veces encontrando siempre al heladero cerca del canal 2. Repetía el recorrido mas nunca entraba en la casa de mi novia pues no les agradaba a sus padres. Decían que era un insensible ya que no derramé una lágrima el día del entierro. ¿Qué sabían ellos de lo que arrastra el corazón de un hombre?

La semana pasada, al volver una vez más a Santos, me sorprendió ver que en vez del heladero estaba parado en la esquina un hombrecito que era todo toses y temblores. Resolví acercarme:

—Por favor... ¿el señor podría informarme si el vendedor de helados que paraba aquí cambió de barrio? ¿Atiende en otro lugar?

—¿Heladero? Sí, estaba siempre, pero... murió.

Me estremecí ante esa noticia sintiendo que lo último que me quedaba de aquel mundo en que fuera feliz había partido. Las lágrimas que se me negaran el día del entierro amenazaron brotar. Pregunté:

—¿Murió?... Daba la impresión de tan fuerte...

—Pues sí, murió repentinamente. Fue declinando, declinando, hasta que la tristeza le llegó al corazón. El médico habló de infarto, pero no lo creo. Si murió, fue de tristeza. Ahora que ya no está puedo decirlo... el heladero no estaba muy bien de la cabeza, no. Sufría por las mujeres. Cuando se empecinaba con una chica no tenía sosiego hasta conseguirla. Imagínese, aquí cerca vivía una moza de buena familia que el heladero trató de conquistar. ¿Usted cree que una muchacha bien iba a hacerle caso a un vendedor de helados, viejo y panzón? Lo rechazaba. Un día el heladero la esperó a la salida del cine, sujetó a la moza, la arrastró a la playa y el resto se lo puede imaginar, señor...

—¿Y la muchacha no reaccionó, no llamó a la policía?

—¡Qué esperanza! No quiso enlodar el nombre de su familia ni desengañar a su novio... ¡Se precipitó debajo de un camión!

gladiola
Nuestro infinito agradecimieto a D. Antonio Maragno Lacerda (q.e.p.d.), por habernos hecho llegar sus textos, deseando que, dondequiera que esté, se dé cuenta que para nosotros siempre estará presente.