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Canto, Poesía... ¡y más! - Prosas - El complejo de Sandra

Autor

D. Antonio Maragno Lacerda
Fundador y Director de
O Jornal dos Municipios
quien nos otorgó el reconocimiento Vitória Régia.
Nací en un chalet pintado de blanco, como todos aquellos que existen en las proximidades de Marsella, y mi padre, como todo jefe de familia, es pescador. Cuando él vuelve del trabajo transportamos el pescado para el "entreposto". Es un sujeto quieto: raramente habla. Adquirió ese hábito en las horas que pasa, solo, en alta mar. No recuerdo haberlo visto conversar muchas veces con mamá, pero ellos se entienden muy bien. Para mí un "loar" aquiescente de él vale más que todo el elogio del mundo.

Últimamente ando intrigado, pues cada vez que nos aproximamos del "entreposto" él me lanza una mirada medio "maroto" e instigadora. Quiere que yo enamore a Sandra. Cree que estoy en la edad del primer amor. La idea es buena, principalmente porque ya la vengo meditando hace mucho tiempo. Nadie puede enamorar a Sandra. La pobrecita es la joven más tímida de la tierra. Casi todos los chicos de la villa intentaron conquistarla, y ninguno consiguió arrancarle siquiera un saludo.

El pueblo no comprende por qué una moza de cabellos negros, ojos azules y de cuerpo tan elegante, no piense en el amor. Nunca fue vista conversando con chicos, pero se dice que enamoró a un viajante que partió y nunca más volvió.

Creo que es su ropa la que instiga tantos chismes. Se viste como un hombre. Aún lejos del "entreposto", donde trabaja en el servicio de "pesagem y pagamentos", no se quita los pantalones "compridos", y la blusa de paño ordinario. Eso es, justamente, lo que le da originalidad. Una vez la besé cuando estaba distraida.

Fue tal la expresión que se estampó en su rostro que me sentí avergonzado, como si la estuviese violentando. Le pedí perdón con voz trémula, e insulté a mi padre por instigarme a aquella aventura. Un chico intentó hacer lo mismo y se llevó una violenta bofetada. Había conocido a su madre –doña Mariana–, que le pidió encarecidamente que "conquistase a su hija para hacerla menos retraída".

Encuentro a Sandra en la playa. Viene cargando un cesto lleno de mariscos. Me ofrezco a ayudarla no recibiendo el menor agradecimiento. La marea alta desbordó y tenemos que esperar la bajante. Nos sentamos en la arena.

Como ella permanece en silencio me dispongo a tirar piedritas en el canal, percibiendo que estoy siendo observado de reojo. No sé cómo paso a hablar de mis planes, y "logo rimos de um trocadilho que me escapou". Después de esto volvimos siempre a la playa. Nos amamos. Sandra es extraña e impenetrable. Primero exige que nadie sepa de nuestro amor, después me hace jurar que nunca iré a su casa. Estoy de acuerdo con las dos cosas sin comprender.

Cierta vez voy a esperarla al portón y doña Mariana me viene a saludar. Simpatizo luego con ella. Es una señora adorable, sonriente, que me da muchos consejos de como " domar a la nena". Cuando Sandra aparece se pone pálida y quiere acabar con el noviazgo, sólo que no terminamos porque juro que nunca más la esperaría en el portón. Este incidente me intriga. No comprendo su espíritu tímido, sus maneras misteriosas, tristes, y sus exigencias extravagantes. Siempre encuentro a doña Mariana por las calles del pueblo. Ella me dice:

—Déjela. Son cosas de chica... después pasan. Va a ver que ustedes se arreglan. Pase por casa para tomar un café con la gente.

Resuelvo hacerlo. Paso muchas horas conversando con doña Mariana. Sandra no quiere aparecer. Cuando me vio llegar se encerró llorando en su cuarto. Pasaron algunos días, y como no hay manera de encontrarla vuelvo a la casa de doña Mariana:

—¿Cómo está, doña Mariana?... Hace tanto tiempo que no veo a Sandra...

—¿Usted no sabe?

—¿No sé qué?...

—Ella se fue...

—¿Se fue?

—Un día después que usted vino... Fue a buscar empleo en París. Creo que está en la casa de los parientes de la capital y... —emitió un suspiro— ¡Ah!, hice todo para detenerla.

—Doña Mariana, amo a su hija y ella lo sabe, pero nunca podría casarme con una moza que se rodea de tantos misterios. Las mujeres deben ser femeninas, hablar de la luz de la luna, usar vestidos vaporosos... Me gustaría que ella fuese igual a las otras... igual a usted, que debió de haber sido muy diferente cuando tenía la misma edad.

—Claro que sí.

—No comprendo por qué ella no quería que viniese aquí. Fue por causa de esto que ella partió... Ahora le voy a confesar una cosa, espero que no se enoje...

—Hable, no creo que sea una cosa grave.

—Pues... una vez... besé a su hija...

—Mmm...

—Lo confieso.

—Cuente como fue. Esta es la última cosa que yo esperaba. Sandra se deja besar... Cuente... ¿cómo fue?

—Yo esperé que ella dijese algo, hiciese un gesto de reprimenda; pero esa loquita me miró con la cara más espantada del mundo y se fue como si nada hubiese acontecido.

Doña Mariana frunció el ceño, me miró lentamente, aproximó la silla más cerca de mí y me dice bien bajito, en mi oído:

—Estaba cansada de decirle a ella que hiciese de otro modo. Ah, si fuese conmigo... cómo sería diferente...

París.

gladiola
Nuestro infinito agradecimieto a D. Antonio Maragno Lacerda (q.e.p.d.), por habernos hecho llegar sus textos, deseando que, dondequiera que esté, se dé cuenta que para nosotros siempre estará presente.