Canto, Poesía... ¡y más!Creí que, dando vuelta la escena, se atenuaría en algo esta tristeza que me persigue adonde quiera que vaya... Quise alejarme del escenario donde, por última vez, actuamos juntos.
Quise olvidarme un poco de ti y de mí, y del cuento interrumpido que estábamos narrando esperando el aplauso final de esa inmensa platea denominada mundo.
Pasaron ya tres días de este Buenos Aires agitado e indiferente, donde todas las caras son iguales, donde nadie mira a nadie atento cada uno a mirarse a sí mismo, y no hacia adentro, precisamente. Buenos Aires de días caldeados en temperatura y ansiedades sin alivio y sin respuestas. Poblada y caminada por seres de ojos descoloridos y pupilas muy negras que interpreto como profundos y oscuros conos invertidos que apuntan a la nada...
Treinta y uno de diciembre... Noche Vieja.
Salgo al balcón de un octavo piso en Austria y Juncal, en pleno Barrio Norte. Las calles han quedado desnudas de colores y huecas de sonidos. En otros balcones, los de enfrente, los de al lado, tenues cendales blancos semiocultan la intimidad de las cenas tardías y apuradas para llegar a tiempo... ¿A qué tiempo? ¿A tiempo de qué?...
(Sólo concibo el apuro cuando quien espera es la felicidad).
... Ya son casi las doce.
(¿Por qué en la Noche Vieja no decimos las veinticuatro horas?)
Los fluidos de esta noche especial me envuelven en una mágica fragancia que me transporta a la última función en vivo que ofreciéramos.
Actúa en mis sentidos como indeseado hipnótico. Quisiera dormir...
Es imposible. Vuelven a mí las sensaciones aún latentes de un comedor resplandeciente en brillo de cristales, ornado con cintas y globos navideños.
En él, un pequeñito mundo; media docena de almas esperando, copa en mano, la inminente aparición del Año Nuevo.
Desde las cabeceras opuestas de las mesas que cada uno ocupáramos, bordeándola despacio, nos fuimos acercando... Nuestro brindis fue dulce... y apretado el abrazo.
De pronto, y al mirarte para deleitarme una vez más en tus ojos verdes y tu pelo blanco, sentí un frío en mi espalda que como pegajosa serpiente la recorría íntegra.
Otra escena sólo visible para mí hizo que alzara la vista... ¡Así se me anunció tu muerte!
Pegué mi cuerpo al tuyo. Estaba helada y lo atribuiste a la emoción de la fiesta. Mas las risas seguían y temblando me plegué al festejo.
Sabía que sería este el último telón que bajaríamos. La noche vieja había muerto... y tú la seguirías...
Pasaron solamente dieciséis días de enero... Partiste muy temprano...
Ha corrido ya un año... y el telón sigue bajo.
... Sirenas, bocinas, música que emerge de los balcones y se eleva hasta rozar los destellos de las farolas...
Me distrae el espectáculo fantástico y fascinante de los fuegos artificiales... ¡Cuántos dibujos y matices insospechados se recortan en la fantasmagoría sideral!
Lengua y Habla.