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Canto, Poesía... ¡y más! - Prosas - Llueve en Santiago

Autor

Salvador
El año se había anunciado seco y ya había pasado la primera semana de un julio brumoso sin que la lluvia trajera alivio a la contaminación que afectaba el aire de la ciudad, las cosechas del campo y los pulmones de los habitantes de este Santiago ubicado entre cerros que impedían la circulación de las corrientes de aire. Pero en la fría noche dominical el tamborilear de las primeras gotas nos anunciaron que el veranito de San Juan, esos días de buen tiempo previos al inicio de las lluvias había terminado y que las calles santiaguinas pronto se inundarían, imposibilitando el tránsito en varios sectores y desnudando más aún la miseria de los barrios pobres, que se haría más patética y dolorosa.

Y el frío... ese viento helado, cordillerano, que en los sectores altos, afortunadamente los más acomodados de la ciudad, parece empapar las habitaciones y la ropa interior de las personas, obligando a prender las chimeneas y con ello aumenta a la contaminación ambiental.

A la lluvia y el frío hay que agregar la nieve, que más pronto que tarde se haría presente cubriendo con su albo manto calles, árboles, casas y personas, agregando su cuota de frío al gélido ambiente.

Esa mañana me levanté tarde, aprovechando al máximo el calor de mi cama y dilatando mi encuentro con la lluvia, con los problemas de tránsito y con el frío matinal.

Después de una mañana de intenso trabajo, fui a almorzar al restauran donde solía acudir todos los días.

Terminaba de almorzar cuando entró ella, con un libro bajo el brazo. Venía con su habitual minifalda bajo el impermeable, desafiando la lluvia y el frío. Y lucía su habitual blusa ceñida, de manera que su busto, de por sí generoso, se luciera aún más. Y sus piernas, enfundadas en un panty de color negro, hacía resaltar la forma de sus extremidades, especialmente sus muslos. Venía como siempre, cargando su sensualidad que hacía latir mi pecho más apresuradamente cuando la veía llegar, esa sensualidad que distribuía en todo el cuerpo y que se hacía presente en cada movimiento o actitud suya.

En realidad su rostro agraciado no llegaba a la plenitud de la belleza y su altura no sobrepasaba el metro sesenta, pero todo el conjunto la hacía apetecible pues sus formas lucían esplendorosas en esa mini que resaltaba los muslos gruesos, firmes y proporcionados, a la par que su busto merecía un homenaje por sus proporciones... y sus nalgas, que hacían soñar con su figura desnuda.

Consciente del efecto que producía en los hombres, entró con paso desafiante y el rostro en alto, indiferente a las miradas que disimuladamente llevábamos a sus piernas, a su busto, a sus nalgas, para llegar a una mesa donde se sentó con una pierna sobre la otra, de manera de que el espectáculo de sus gruesos muslos fuera aún mayor para los que tenían la fortuna de quedar situados a un costado suyo.

Todos los días hacía su ingreso triunfal para regalarnos el bello espectáculo de su hermosa figura coronada con su cabellera castaña que ahora lucía más oscura, cayendo hasta su hombro, y adornada con sus senos esplendorosos, inmensos, subyugantes; sus caderas y su cintura, siempre ceñida por un cinturón. Y sus piernas, perfectas, como hechas por un artesano, dejando a su paso una estela de deseos.

Y en ese grupo de hombres cuya lujuria ella se esforzaba por alimentar, yo era uno de los que más soñaba con poseerla, disfrutar de ese cuerpo que había despertado en mí deseos casi enfermizos. Pero jamás pensé en que mis sueños por esa hermosa mujer se harían realidad... y de la manera en que ello sucedió.

Cuando la niña que me atendía me servía el almuerzo, le hice un comentario que pretendía ser inteligente respecto del libro que la bella desconocida leía mientras almorzaba. Lo hice con la secreta intención de que en algún momento le hicieran llegar mis palabras y tal vez con ello pudiera en el futuro ayudarme a romper el hielo que ella imponía a todos los hombres del local. Pero nunca imaginé que la niña a la cual le hice el comentario fuera inmediatamente a su mesa y le repitiera mis palabras de halago por su gusto para la lectura, lo que echó por tierra mis planes, en los que no entraba una actitud directa como esa y tan evidente en su intención final.resultó ser una lectora fanática...

—Me dijo que usted era muy amable —me dijo la niña mientras le cancelaba, lo que me pilló de sorpresa.

Miré a la mesa que ella ocupaba y la vi sonriéndome. Me armé de fuerzas y, a riesgo de sufrir un rechazo, me acerqué y repetí el cumplido, encontrando de parte suya una calidez que no imaginaba y que me dio ánimo para pedirle permiso para sentarme a su lado, a lo que ella accedió con una sonrisa.

Charlamos largamente de libros, pues resultó una lectora fanática y en ello encontramos varios puntos en común, con lo que nuestra conversación fue entretenida y duró más de media hora. A esas alturas era evidente que entre ambos había atracción mutua.

Cuando le conté de mi gusto por el libro Corazón de Piedra Verde, de Salvador de Madariaga, se entusiasmó con la trama que combina situaciones de la España conquistadora y de los Aztecas conquistados, de la disputa de los Manrique y los Esquivel y del amor de Xuchitl. Viendo su entusiasmo, le ofrecí prestarle los primeros tomos, a lo que ella respondió afirmativamente.

—Si gusta, se los puedo pasar ahora mismo, pues los tengo en mi oficina —le dije sin mayores intenciones, solamente pensando en ser agradable.

Con cierto dejo de tristeza me respondió:

—No... no puedo , pues se me ha hecho tarde para volver a mi trabajo debido a nuestra conversación... Pero puedo pasar a la salida... —me dijo mirándome intensamente.

Obviamente estuve de acuerdo y me retiré invadido por la ilusión de saber que muy pronto tendría a la mujer de mis sueños en mi oficina, algo que hacía una hora me habría sonado a imposible.

Y a las siete de la tarde, cuando la claridad del día hacía rato que había sido reemplazada por las sombras de la noche que debido a la lluvia se había adelantado, apareció ella en mi oficina, enfundada en su impermeable del que caían algunas gotas.

Galantemente me ofrecí a quitarle el impermeable, lo que ella hizo con un gesto de abandono que dejó al descubierto su minifalda, sus hermosas piernas y sus imponentes senos, mientras con una sonrisa se sentaba frente a mí y subía una de sus piernas y la ponía encima de la otra, no sin antes mostrar la parte interior de sus muslos.

Nerviosamente busqué los tomos ofrecidos y se los acerqué, pero ella no pareció darles mayor importancia y se limitó a comentar que estaba cómoda y que afuera hacía mucho frío. Le ofrecí un café, a lo que accedió, y fui a prepararlo mientras ella ojeaba los libros.

Volví, le ofrecí el café y me senté frente a ella, tanto para conversar como para intentar no perder detalle de sus piernas, pero evitando ser muy evidente.

Mientras conversábamos, ella cambió la posición de sus piernas y ello me permitió tener una visión ligera pero completa de sus piernas, que se perdían en un mar negro de seda, piel y deseo. Todo fue rápido, pero bastó para que despertara en mí una corriente de lujuria por esa hermosa mujer.

A partir de ese momento mi deseo se hizo evidente y se reflejaba en las miradas ansiosas que dirigía a sus piernas y a sus senos, situación de la cual ella parecía no darse cuenta, pues bajó una de sus piernas y posteriormente las abrió como al descuido, dejando a mi vista las dos columnas que se perdían bajo su minifalda, donde se vislumbraba el blanco de su calzón bajo la tela de la panty, mientras sonreía y seguía conversando despreocupadamente.

Presa del deseo, me acerqué a ella con la intención de buscar algo en el libro, pero sabía que lo que me llevaba a su lado era algo más. Me recliné a su lado para buscar el párrafo del libro que intentaba mostrarle. Desde esa altura sus piernas me mostraban sus muslos que se veían más excitantes aún.

Apreté mi entrepierna a su hombro y mi antebrazo se apoyó con disimulo sobre uno de sus senos mientras buscaba la dichosa página. Ella se revolvió inquieta y levantando la vista me miró directamente a los ojos, mientras sus labios semiabiertos se mostraban húmedos.

Nos miramos intensamente, sabiendo ambos que lo que vendría era inevitable.

Acerqué mis labios a los suyos y nos besamos intensamente, metiendo mi lengua en su boca en busca de la suya. Ambas se enroscaron en un abrazo desesperado mientras una de mis manos apretaba uno de sus senos y la otra se posaba en su muslo.

Me hizo a un lado con un gesto delicado pero firme, retomando su posición normal en el asiento, recomponiendo el orden en su vestuario y tomó aire, buscando reponerse. Confundido, pensando que habría ido demasiado lejos en mi avance, me senté sumiso en mi asiento a la espera de los acontecimientos.

Retomó la conversación y al cabo de unos minutos, mientras me daba su opinión respecto del realismo fantástico latinoamericano, sus piernas se abrieron como al descuido dejando ante mi vista toda la extensión de sus muslos y, al fondo, donde ambas se juntan, donde el negro del panty se insinúa de blanco, su calzón y sus más íntimos secretos.

Pretendí no ver lo que ella mostraba con aire descuidado, pero fue inútil pues sus piernas cambiaban de posición de tanto en tanto, regalándome el espectáculo de sus hermosos muslos. Y no me parecía ya que su manera de actuar fuera inconsciente, pues se encontraba en un lugar desconocido para ella, con un hombre al que conocía sólo de vista y de quien no tenía mayores antecedentes, por lo que suponía que debía actuar con ciertas precauciones mínimas que ahora no consideraba.

Comprendí que a esa bella mujer la excitaba excitar. Era evidente que su forma de vestirse, de caminar, de sentarse en el restauran, tenían por objetivo excitar a los hombres, lo que a ella le proporcionaba un goce íntimo que ahora se hacía patente al tener a un varón frente a ella deseándola y disfrutando de sus piernas, de sus muslos, sus senos y su mirada lujuriosa.

Si eso la excitaba, bueno, a mí me tenía casi loco de deseo.

Me levanté y avancé hacia ella, quien levantó la vista, y al percatarse de mis intenciones pareció confundirse y se levantó rápidamente haciendo ademán de retirarse. Pero yo no tenía intenciones de dejarla ir y me interpuse entre la puerta y ella, intentando abrazarla, pero ella me rechazó bruscamente. su voz sonaba insegura...

—¡No!... —me dijo con fuerte acento intentando hacerme a un lado, pero la fuerza de mi abrazo se lo impidió—. ¡Déjame salir! —su voz sonaba insegura ante mi actitud decidida, producto de un deseo incontenible que ella había alimentado con su manera de excitarme.

Ella había iniciado este juego y no podía pararlo cuando se le ocurriera, pues no era la única que participaba en esto. Éramos dos los que jugábamos, y si ella podía controlarse, no sucedía lo mismo conmigo, que ahora sólo anhelaba satisfacerme a como diera lugar y haría todo lo necesario para lograrlo.

Ya no era dueño de mis actos. Sólo sabía que debía llegar hasta el final, por lo que apliqué fuerza a mi abrazo y la puse contra la pared mientras mis labios buscaban su boca que ahora me rehuía.

—No, no... ¡no!...

Repetía con desesperación mientras su rostro me escabullía, en tanto yo desgarraba su blusa para dar libertad a sus senos y, con el forcejeo, su falda se subió y ya no ocultaba nada. Si bien no estaba desnuda, su blusa hecha jirones y su falda por la cintura la hacían parecer como lo más parecido a ello.

A partir de ese momento, una nube cubrió mi vista y mi mente...

Afuera, el intenso repiquetear de la lluvia en la ventana indicaba que se venía una tormenta.

Ofrecemos este relato que Salvador, desde Santiago, de la hermana República de Chile, nos hizo llegar, pero sin adjuntar más datos. Desgraciadamente perdimos su correo... ¡ojalá se reporte!